lunes, 16 de noviembre de 2009

Capítulo 1. Puebla

15 días que corrían como la llama por una corta mecha y dejaban el recuerdo de un agradable sueño recurrente durante el año. Sensaciones de felicidad absoluta eran la huella de esta breve estancia en Puebla. Bicicletas, tirachinas, el olor al ganado de vacas y ovejas, la luz que asomaba más temprano cada mañana, prados interminables de ensueño, el contraste del negro de la pizarra con la piedra, el río, los insectos y las plantas más vivas y olorosas que nunca, los amigos que se confundían con hermanos en el transcurso de estas 2 semanas, componían el escenario que acompañó mi espera en la entrada de cada verano. Un viaje que comenzaba con la voz de mi padre en la madrugada, porque gustaba de viajar de noche para no encontrar demasiado tráfico decía, y que me obligaba a dormir en el navegar del coche hasta que asomaban los rayos de luz anunciando que no quedaban más de 3 Kms para llegar al pequeño paraíso. No pasaban de las 7 de la mañana y siempre era Anita la primera en recibirnos. Ves, corre a despertar a los gemelos. Los gemelos eran mis hermanos en estos 15 días, y corría hacia la casa para entrar en su habitación y anunciar mi llegada, pero antes tenía que pasar por la aprobación de los perros pastores que no dudaban en perseguirme hasta llegar a las faldas de su ama, y Anita les miraba, con firmeza y explicaba quién era Yo, pero cómo podían tener tan poca memoria!, y ahora sí, ya era el momento de despertar a mis gemelos.
Justo y Javi eran mis gemelos, mis amigos inseparables a lo largo del corto periodo vacacional en Puebla, Justo era de mirada inocente que le confería la forma de sus cejas un tanto levantadas en el centro de su frente mientras que Javi albergaba mirada de pícaro, siempre sonriente con aspecto inteligente y vivaz. Los quería cómo si se trataran de una sóla persona. Ellos conocían todos los caminos y proponían que era lo próximo que podíamos hacer, ya fuera la construcción de magníficos tirachinas para la caza de pardales que porsupuesto nunca alcanzábamos o para la defensa ante un posible ataque enemigo, como la escalada de un árbol para recoger sus ciruelas o la construcción de una cabaña para crear nuestro propio territorio dónde reunirnos y planificar nuevas aventuras. Recordando mi niñez tanto en la ciudad, dónde también disfruté de los juegos en la calle con multitud de otros niños como en Puebla me doy cuenta del parecido a nuestros antepasados prehistóricos y cómo nuestro instinto nos lleva al placer instalando territorios y preparándonos para la caza y defensa de nuestra "tribu".

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