Un día del verano recibimos una triste noticia. Uno de los niños que acudían a Puebla con sus familiares durante el periodo de vacaciones había sido atropellado y muerto en el accidente. Recuerdo que él tendría aproximadamente un año menos que yo, no más de 7 años, y aunque no era uno de mis más allegados creo que sentí dolor ante aquella pérdida. No sé si el dolor era propio o provenía del comportamiento colectivo. En esta ocasión el fallecido no era uno de los octogenarios habitantes de alguna de las aldeas sino un niñito que se encontraba disfrutando de sus vacaciones al igual que yo, de lo que estoy seguro es de que se trataba de mi primera muerte cercana. Esta muerte inesperada conmocionó a los escasos habitantes de aquellas aldeas, y los rituales y las flores y los oscuros hábitos se intensificaron. Los niños debían ir en esta ocasión a depositar flores ante su pequeño cuerpo. Yo sentía una curiosidad extrema y el deber de acudir con mis amigos a demostrar que el dolor que sentía era sincero, imitando así el rito de los mayores. Recuerdo que mi madre me miraba con desaprobación, pensaba que las imágenes que podía presenciar no me aportarían nada bueno pero finalmente y con muchas dudas no me detuvo. Guardo en la retina los gritos de su madre sentada, casi arrodillada en frente de su hijito que dormía con artificial placidez rodeado de coronas de flores, feas, salpicando la atmósfera y ennegreciéndola de color, y las viejas, siempre las viejas acompasando el llanto, sujetándose unas a otras, para aumentar la pesadez del aire. Deposité mi pequeño ramo en mi turno y aunque no recuerdo con nitidez el tiempo, no creo que fueran más de unos pocos minutos, suficiente para entender que lo que había allí no me gustaba, suficiente para no recordar mi curiosidad y olvidarme de mi dolor, y aunque entendía el porqué de aquello, todo me era demasiado ajeno. Aquella noche escuché a los lobos aullar y tapé mi cabeza con la sabana, sudando hasta quedarme dormido.
martes, 17 de noviembre de 2009
Capítulo 2. Religión y muerte.
La muerte y la religión siempre estuvieron presentes en las vestimentas negras de las viudas, las llamadas a misa desde la pequeña iglesia que albergaba el cementerio de la aldea en su patio, las arraigadas tradiciones de un pueblo con lejana memoria. Pero para un niño como yo en aquellos tiempos, las imágenes que con más fuerza se grababan en el consciente eran sin duda los entierros, no porque fueran buenos o malos, sino porque eran eventos poderosamente atractivos y cargados de curiosidad. Me atraían el color, las flores, el comportamiento de los mayores, el ritual acompañando el féretro hasta la iglesia, las campanas que emitían su acompasado mensaje subiendo la cuesta que dibujaban los árboles ensombreciéndola, la sordidez que emanaban los velatorios dentro de las casonas dónde se diluía el llanto de las viejas con pañuelo negro besando y contemplado el cuerpo hasta el momento del viaje. La atmósfera pesada que parecía asfixiar a los que más se acercaban.
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